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Doctor Who

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UN ENEMIGO DE MIL FORMAS

por Elmer Ruddenskjrik





Doctor Who

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UN ENEMIGO DE MIL FORMAS


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Copyright 2017 Elmer Ruddenskjrik

Este relato está dedicado a Fran, Luis y Ada, mis amiguitos de Alicante


Y ahora... que comience la función.

—¡Ey! ¿A dónde os llevo? —preguntó el Doctor apoyándose sobre el hexágono de controles de la Tardis y volviéndose a mirar a sus invitados con un estrafalario juego de pies. Abrió los brazos hacia ellos, enarcando sus finas cejas y sonriendo exultante—. ¡Tenemos todo el tiempo y el espacio ante nosotros!

Fran, que acababa de entrar justo por detrás de Ada, miraba a su alrededor con turbación.

—¡Vaya, es más grande por…!

—¿...dentro? ¡Sí, lo sé! Lo oigo mucho… —le interrumpió el Doctor, con una caída de ojos de suficiencia, apoyándose con los codos, de espaldas, en la mesa de control.

—Conociendo a estos dos, no me extrañaría que te pidieran ir a Barcelona… —dijo Ada con socarronería. Ella se había empeñado en ir a buscar a sus dos amigos tras llevar dos semanas de aventuras con el Doctor. Se moría de ganas de que descubrieran siquiera la mitad de las maravillas de las que había sido testigo a bordo de la Tardis.

—¡Barcelona es una gran elección! Pero… —el Doctor ya estaba correteando alrededor de los controles sin dejar de manipularlos con frenetismo y precisión, mientras hablaba—, ¿el planeta o la ciudad?

—¿Existe un planeta llamado Barcelona? —quiso saber Luis, con un tono incrédulo.

Acababa de cerrar con cuidado la puerta al entrar, y miraba con algo de inquietud la imposiblemente amplia estancia que se abría dentro de la estrecha y anacrónica cabina de policía británica. El tono cobrizo, anaranjado, los sinuosos orificios con esferas brillantes en paredes y techo (que parecían vacíos y fríos ojos alienígenas), y los tubos, cables y luces (de ignota función todos ellos) formaban en su mente la idea de que se encontraba dentro de la sala de espera de un laboratorio de vivisección humana. Se le antojaba un desagradable presagio de lo que pudiera suceder en adelante, pero, por Ada, no dijo nada. Intentó disimular su nerviosismo dándose un aire curioso.

—¿Alguien ha dicho “planeta Barcelona”? —preguntó muy rápido el Doctor, terminando de dar una vuelta y media a la mesa de los extravagantes controles (tirando de unos resortes aquí y empujando otros allá, pulsando unas teclas por un lado y retorciendo manivelas por el otro), para al final detenerse con la mano izquierda sobre una gran palanca muy parecida a aquellas que activaban las antiguas sillas eléctricas. Levantó su otra mano como si fuera una estrella del rock a punto de ponerse a tocar el solo de su vida—. No se hable más, pues. Planeta Barcelona… ¡Allá vamos!

El Doctor tiró con energía de la palanca hacia sí, hasta abatirla por completo hacia abajo. La estancia empezó a sacudirse con cierta violencia hacia uno y otro lado, mientras un poderoso sonido ondulante, combinación de un rumor grave y un espantoso aullido agudo y metálico, aturdía los tímpanos de los recién llegados. Fran fue capaz de agarrarse al respaldo de la silla marrón más cercana a la mesa de los controles, mientras que Luis había conseguido sujetarse a tiempo a la barra pasamanos que bajaba ante la puerta de entrada acompañando un corto tramo de escaleras. El Doctor empuñaba entusiasmado la palanca con la que había hecho despegar la Tardis, y Ada, junto a él, agarrada a su brazo izquierdo, miraba emocionada el extraño y gran instrumento de cristal que, dentro del gran cilindro transparente que se izaba en el centro de la maquinaria, bombeaba arriba y abajo, al son de aquellos extraños quejidos mecánicos.

Mientras tanto, desde fuera, la cabina azul empezó a desvanecerse, desmaterializándose en mitad de aquella solitaria pista de patinaje (desierta por la hora, las ocho y veintiún minutos de la tarde de un martes) de aquel parque de la ciudad de Alicante, de manera tan tenue que más bien parecía estar haciéndose invisible. Al instante reapareció, como succionada con violencia, en mitad de un torrente tubular de bruma azulada y tempestuosa. Por todos lados, poderosos relámpagos salían despedidos desde las profundidades nubosas que formaban el vórtice espacio-temporal, dispersándose alrededor de la máquina totalmente inofensivos, pese a alcanzarla y hacerla girar en complicados remolinos.

Dentro de la Tardis no se sentía ninguno de estos fenómenos, y tras la sacudida del despegue todos pudieron recuperar enseguida el equilibrio. Ada, acostumbrada a los sonidos y movimientos, se soltó del brazo del Doctor para demostrar a sus amigos que no había peligro.

—¡Madre míaaaa! —exclamó mientras pasaba junto a Fran, dándole un par de palmadas en la espalda, y siguiendo directa hacia Luis—. Parece mentira, las caras que me lleváis. ¡Vosotros, que os pasáis la vida leyendo cómics y viendo series de ciencia-ficción!

—Bueno, es que una cosa es la fantasía y otra estar aquí… ¡viviendo esto! —dijo Fran, sin dejar de mirar a su alrededor, tentado de empezar a pulsar botones para ver si de alguno de aquellos grifos saldría café con leche…

—De momento no hay más que hacer —empezó a hablar el Doctor, cogiendo a Fran de los hombros y tirando de él un poco hacia atrás, como haciendo ver que no debía ocurrírsele tocar nada—. No queda más que esperar… Bueno, ¿a alguien le apetece un té o unos palitos de pescado con natillas? Yo tengo hambre, ¿alguien tiene hambre?

—¿Palitos de pescado con natillas? —susurró Luis a Ada, dejándose llevar de su mano hacia el centro de la Tardis—. ¿Qué dice este tío?

—Este tío no, el Doctor —le corrigió ella.

—Doctor… ¿Doctor qué?

—Doctor a secas, amiguito de Ada —contestó el Señor Del Tiempo. Se volvieron a mirarle. Su gesto era de suficiencia y de cierta expectación, mientras daba lentos pasos hacia una de las galerías que se perdían hacia quién sabía dónde. Dio una sonora palmada y le señaló con un dedo, mostrando un exacerbado entusiasmo—. ¿Qué va a ser? ¿Café? ¿Té? ¿Quizá una horchata? Sé que eso os va mucho a los de Alicante, ¿no? ¿Acompañada de una tostada con aceite y tomate o prefieres probar mis palitos de pescado con natillas?

—Tengo por norma no comerme el palito de nadie… —declinó Luis con cierto humor. Ada le sacudió un codazo en el costado.

—¡No! No castigues a nuestro invitado. Me gustan las bromas audaces, ¡sí señor! —le defendió el anfitrión—. Traeré un poco de todo, y ya elegís vosotros. La Tardis dispone de una cocina automatizada que resulta muy eficiente replicando las recetas de los alimentos de la Tierra, ¡ya veréis!

En ese momento, antes de que acabara de irse tras darse la vuelta, el lúgubre tañer de una campana se dejó oír desde un lugar indeterminado. En realidad parecía sonar desde todos lados al mismo tiempo. El Doctor se detuvo en seco y se volvió muy despacio, mirando a su alrededor y dejando al final caer la mirada sobre Ada y cada uno de sus amigos.

—¿Qué es eso? —preguntó Fran, mirando la mesa de los controles, como si esperara encontrar el mando que detendría el ruido.

—¡Es el claustro! ¿Verdad Doctor? La campana del claustro. Algo va a pasar. ¡O alguien está en apuros! —explicó Ada, mirando al Doctor con una expresión emocionada.

—Bueno… no sé si sería buena idea meter a tus recién llegados amigos en una de nuestras inesperadas aventuras…

—¡¿Qué?! Pero alguien estará pidiendo ayuda, ¿no? Deberíamos al menos ver qué es lo que pasa, ¿no?

El Doctor dio una fuerte palmada y señaló hacia Ada mientras empezaba a caminar de regreso hacia el centro de la Tardis.

—¡Ese es el espíritu! Solo era una prueba, nada más que eso... ¡y la has superado! —dijo muy rápido, llegando a los controles y empezando a manipular varios, hasta ponerse delante de un monitor que parecía funcionar a base de tubo de rayos catódicos—. Sin duda se trata de una llamada, pero no pidiendo ayuda… Parece más bien… Una advertencia.

En el monitor empezaron a visualizarse varias ondas senoidales descoordinadas que el Doctor parecía afanarse en manipular con los mandos de sintonización. Las señales fueron uniéndose poco a poco en una sola, y un rumor de estática distorsionada acompañó la aparición de una voz desesperada.

—¡... y los tiene a todos! ¡No sé qué es, nadie sabe qué es! ¡Me he encerrado en la sala de disrupción cuántica! ¡Me espera afuera! Si alguien escucha esto, ¡volatilicen la nave, vuélenla en pedazos! ¡Esta cosa no debe…!

La voz se volvió a interrumpir entre estática y el Doctor parecía no ser capaz de recuperarla.

—Era la voz de una mujer —expresó Luis con cierta preocupación.

—En realidad de una hembra de otra especie. Los ciliados, los llamo yo. Una raza antigua, tanto como la de los Señores Del Tiempo. Nunca habían establecido contacto con otras razas, su proliferación se había desarrollado a lo largo del exterior del disco de la Vía Láctea, como la llamáis vosotros —el Doctor hizo girar su mano izquierda en un gesto circular de leve condescendencia, mientras seguía operando el monitor—. Por un amplio segmento en el extremo diametralmente opuesto en la galaxia al de mi mundo de origen, Gallifrey.

—Si son de otra raza, ¿cómo es que esa voz habla en español? —insistió Luis, confundido y escéptico.

—Es la Tardis, Luis. Traduce automáticamente los idiomas civilizados…

—¿Por eso tu Doctor parece hablarnos en español?

—No —interrumpió el Doctor, volviéndose a mirarle un momento y tocándose la punta de la nariz. Como parecía hacer constantemente, continuó hablando a toda prisa—. De hecho yo hablo a la perfección vuestro idioma. Como Señor Del Tiempo he tenido, precisamente, tiempo para aprenderme todos los idiomas de la Tierra, entre los de “muchos otros muchos” lugares, amiguito de Ada…

—¿“Amiguito”? —repitió Luis, mirándola a ella.

—Algo me dice que hay, hubo o habrá “algo” entre vosotros dos, por eso lo de… “amiguito” —se explicó enseguida el Doctor.

Ada soltó una risita contenida.

—Entonces —interrumpió Fran, mirando la pantalla de las ondas senoidales, descoordinadas de nuevo, señalándolas con timidez—, ¿esta es la primera vez que contactan con otras razas? Entonces sí deben estar desesperados… ¿no?

—Pues no… mi querido… —el tripulante de la Tardis dudó un momento imperceptible— … como te llames. Lo siento, Ada no se molestó en decirme vuestros nombres, quizá por lo intempestivo de su idea y lo arrebatado de mi conformidad, me comprendes, ¿verdad?

—Ehm… no.

—Bueno, el caso es que no contactan con nosotros por desesperación. Mejor sería decir que por accidente. Y mejor decir, como estaba haciendo yo, que “habían contactado” por accidente.

—¿Qué quiere decir Doctor? —quiso saber Ada, algo familiarizada con las crípticas maneras de todos sus discursos—. ¿Que ya es tarde? ¿Que ya habrán muerto por… lo que sea?

—Por lo que sea no… —se volvió a mirar a Ada y sacudió los penetrantes ojos bajo el ceño hacia Fran y Luis—. Porque se extinguieron hace cientos de millones de años sin entablar contacto alguno con ninguna otra raza. Y los Señores Del Tiempo poco más llegamos a hacer que observarles con curiosidad, alguna que otra vez… Pero sin interferir con ellos. ¡Qué tiempos aquellos! Había mucho menos tráfico interespacial y mucho más terreno por edificar…

—¡Pero acabamos de oírla, a esa mujer o lo que sea, pidiendo ayuda! ¡Ahora mismo! —repuso Ada, confundida una vez más, como muchas otras en anteriores ocasiones. Lo de sus amigos, en cambio, trascendía con mucho la mera confusión. Se miraban entre ellos y a Ada, mientras hablaba—. ¿Es que estamos viajando al pasado? ¿O es que…?

—No, nada de eso, querida Ada —la interrumpió el Doctor, volviendo a manipular todos los controles de manera aparentemente aleatoria—. ¿Escuchaste el mensaje? La ciliada había dicho que se había encerrado en la sala de disrupción cuántica. Ellos habían desarrollado, en la tercera etapa de su carrera espacial, un modelo de viaje hiperespacial que les permitía, si bien no viajar en el tiempo, al menos realizar trayectos de cualquier número de años luz en un solo instante —se volvió hacia sus invitados de nuevo, adoptando un histriónico tono de suficiencia y hablando sin apenas pausa para respirar—. Asumo que su disruptor cuántico se habría visto dañado o desestabilizado por alguna razón, y al momento de emitir esa señal de advertencia probablemente no hubiera llegado nunca a sus destinatarios, es decir, alguna otra nave o estación de la misma raza de los ciliados, y que en realidad se perdió a través de diferentes tiempos, interceptándola ahora mismo la Tardis de mera casualidad mientras viaja por el Vórtice.

—¿Vórtice? ¿Qué vórtice? —quiso saber Fran.

—Ahora mismo la Tardis se mueve a través de algo que llamamos el Vórtice. Revolotea a través de un túnel que une todo el espacio y el tiempo del universo, una pequeña muestra del genio de la tecnología de Gallifrey, querido alicantino —concluyó el Doctor con cierto orgullo melancólico, mientras se dirigía con lentos pasos hacia la gran palanca que había usado para hacer despegar la máquina—. Y desde aquí, es desde donde vamos a hacer un pequeño “derrape” en mitad de nuestro viaje hacia el planeta Barcelona… ¡para investigar qué le preocupa a nuestra hace mucho tiempo extinta, pero ahora mismo desamparada, amiga ciliada!

El Señor Del Tiempo empujó la palanca hasta su lugar de original reposo, y la cabina azul detuvo de manera brusca su avance a través del túnel espacio-temporal en la forma de una difícil cabriola que la hizo empezar a dar vueltas sobre su propio eje vertical mientras seguía el contorno de la tormenta tubular. Una larga secuencia de rayos azules se empezaron a concentrar por delante de la Tardis, haciendo saltar nubes de chispas al rojo vivo ante su rápido e irresistible movimiento. Finalmente se hundió en el mar de nubes como la aleta de un tiburón antes de atacar, y se materializó en mitad del espacio, en algún perdido lugar del exterior del disco de la galaxia.

Por dentro, la Tardis soltó a oídos de todos unos sonidos parecidos a gigantescos engranajes bastante oxidados y mal acoplados. La nave no había aterrizado, en el sentido literal de la palabra, y por eso no se habían visto sacudidos por las mismas vibraciones del despegue, así que cuando Fran y Luis observaron al Doctor sin nombre soltar su querida palanca de marchas, exclamaron al unísono:

—¿Ya está?

—Nada de turbulencias esta vez, mis invitados alicantinos —los tranquilizó el Doctor, volviendo a ponerse delante del monitor de tubo de rayos catódicos y manipulando otra vez varios mandos.

En la pantalla, entre nieve de interferencias, apareció la imagen en blanco y negro de un auténtico platillo volante. No se podía apreciar su tamaño exacto ni la distancia desde la que se estaba tomando la imagen. No había mucha definición, y aunque se distinguía que el artefacto estaba recorrido por desniveles que lo hacían parecer indudablemente una máquina metálica, no se veían estrellas en el fondo negro de su alrededor, y parecía más bien aquello un falso efecto de película antigua a base de maqueta de papel y un hilo muy fino.

—¿Esa es la nave de los… ciliosos esos? —preguntó Ada enseguida, adelantándose hasta ponerse al lado del Doctor, entornando los ojos.

—Ciliados… los llamábamos ciliados —aclaró él—. Sí, es casi totalmente casi seguro que casi que sí. La nave no presenta daños estructurales, así que no están sufriendo descompresión ni problemas de soporte vital… al menos, que se pueda decir a simple vista.

—Dijiste que esta nave era de una raza que se extinguió hace la tira —señaló Luis, acercándose también a mirar—. ¿Cómo sabes que has llegado a la época adecuada y al sitio correcto? ¿No podría ser otra nave?

—Bueno, por eso me cuido de decir mucho “casi” al hablar de a dónde llegamos en un viaje espacio-temporal, amiguito de Ada —le puso una mano en el hombro y con la otra le señaló usando el índice. Exclamó, mirando a Ada—. ¡Me gusta este chico! Mirad, lo que he hecho con la Tardis es seguir directamente la señal del mensaje de advertencia que, como ya os dije antes, ha sido lanzado por su disruptor cuántico a través del Vórtice. Hemos llegado hasta su origen en el momento exacto en que se ha enviado. ¡Puede que seamos, ahora mismo, el equipo de rescate con mejor índice de respuesta que pueda existir en toda la historia del Universo! Pero esto de los viajes en el tiempo no es lo que podríamos definir como una ciencia exacta, y menos cuando uno ha de lidiar con una vieja máquina caprichosa como es la Tardis, así que… ¡haces bien en no darlo todo por sentado, amiguito!

—Bueno, pero si ahora debemos entrar en su nave… ¿Cómo lo vamos a hacer? No tendremos que cruzar el espacio hasta allí con trajes espaciales… —preguntó Fran, algo inquieto, sin acercarse al monitor pero observando fijamente el platillo volante.

—¡No! —exclamó su anfitrión con entusiasmo, y arrancándose a hablar con la misma energía con la que hacía todo—. Ahora que estamos más cerca, podremos materializarnos en el mismo interior de la nave, en un lugar lo bastante espacioso para contener la Tardis. Los ciliados, o los dhim, como se llaman a sí mismos, respiran también oxígeno, aunque en una concentración algo mayor. A la larga podría sentaros mal, pero en principio no experimentaréis nada más que una pequeña sensación de euforia si respiráis con profundidad… Mi consejo: respirad de manera sosegada, y en bocanadas cortas…

—Entendido, Doctor —le respondió Ada con ánimo.

—Amigo y amiguito de Ada, sabed que los ciliados son criaturas de aspecto humanoide, pero, como alienígenas respecto a vosotros, bastante diferentes… Espero que sepáis mantener la compostura. Venimos a solucionar problemas, no a provocarlos… ¿entendido?

—Esto… ¿sí? Vale, no somos idiotas, y Ada nos ha dado bastante la brasa con el tipo de cosas que ha visto en vuestros viajes… —aclaró Luis, con cierta impaciencia.

—Estaremos bien —asintió Fran, mostrándose seguro de sí mismo.

—¡Os creo! Conozco de primera mano el extraordinario nivel de adaptabilidad humana… —afirmó el Doctor, manipulando nuevos controles alrededor de la abarrotada mesa—. Y ahora… aparezcamos con suavidad y cuidado, sin hacer daño a nadie, sobre todo…

Tiró de nuevo de aquella palanca que tanto les parecía a Fran y a Luis que el excéntrico hombre tenía por gusto manipular. Los mismos sonidos, pero muy brevemente, se sucedieron en ese momento, y desde fuera, la cabina azulada se vio materializada en mitad de un amplio espacio delimitado por paredes diseñadas con las formas de anchas olas metálicas de medio metro de amplitud, sucediéndose en larga secuencia estática.

El Doctor fue el primero en salir, seguido por Luis, al que Ada, mostrándose muy segura de sí misma y algo socarrona, cedió el paso a modo de elegante caballerosidad invertida. En cuanto salió, algo por detrás del Señor Del Tiempo, se percató de la facilidad con la que podía respirar y la sensación de frescor ardiente que encendía su pecho. El aire estaba impregnado de un aroma dulzón, no exactamente desagradable pero molesto, con una etérea cualidad aceitosa. De algún lado se oía un rotundo tamborileo arrítmico.

—¡Oh! Vaya… “Sin hacer daño a nadie”, dije —lamentó el Doctor, volviéndose a mirar hacia algún lado detrás de él, a la izquierda.

Luis siguió la dirección de sus ojos mientras se acercaba hacia él. Pegó un salto sacudiéndose como electrificado, soltando un grito apenas contenido de verdadero horror. En el lado izquierdo de la Tardis (el derecho, según la miraban en ese momento) una cosa que parecía algún tipo de cucaracha gigantesca arrastraba sus muchas largas patas a su alrededor, casi toda la mitad izquierda de su ovalado y cóncavo cuerpo aplastada bajo la máquina de viaje espacio-temporal. No hacía más ruido que el de una de sus patas golpeando con desesperación y futilidad el costado de la cabina, como si a base de empujar fuera a ser capaz de sacar intacto su cuerpo oscuro de debajo.


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