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Apolyon


Ángel Ruiz Cediel


Título Original: Apolyon


Editado por:

ARC EDICIONES

Manuel Machado, 25

28806 Alcalá de Henares, Madrid

E.Mail: arc@angelruizcediel.es

Web: www.angelruizcediel.es


Autor: Ángel Ruiz Cediel


ISBN: 978-84-934226-9-1



Ninguna parte de este libro, incluida la portada, puede ser reproducida en forma alguna, sin el consentimiento expreso y por escrito del autor.



Impreso en España



23ª Edición






«El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra; y se le dio la llave del pozo del abismo.» Apocalipsis 9:1


«Y tienen por rey sobre ellos al ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión.» Apocalipsis 9:11



































1 Postulado






Elegir, a veces, es una tragedia. Nadie está preparado para hacer cierta clase de elecciones, y la que tuve que tomar entonces fue la más difícil. He cambiado, sí, acaso sufriendo una metamorfosis que me trasformó de cazador en presa, quién sabe si como condición necesaria para enfrentarme a mí mismo, primero, y disponiéndome para comprender el alcance de la elección, después. Di y quité importancia a la vida precisamente al final de mi carrera. A algunos les cambian golpes de suerte, un amor más o menos oportuno o hasta puede ser que un descalabro llegado de improviso; pero a otros nos modifican a la fuerza porque nos elige un criminal o un destino, y cuando uno se enfrenta a lo que es en verdad comprende que está conformado por lo mínimo pero que lo grande se mueve por lo aparentemente insignificante. La elección, en tal caso, es más difícil todavía. ¿Cuánto peso puede soportar un hombre?

Tal vez no sea sencillo comprenderlo así, con palabras sueltas que pudieran parecer que no tienen sentido. Soy policía. En realidad, creo que he sido policía desde antes de nacer, como si ese fuera mi sino y para eso hubiera sido concebido. Mi mundo era menudo hasta aquel momento, manejable, ordenado y, de alguna manera, tranquilo o previsible, el cual ya se resolvía en una jubilación que tenía al alcance la mano. Mi retiro ya no llegará nunca, y me es indiferente. No he cometido ningún delito, pero ya no creo en nada de lo que me sostuvo, como si todo mi pretérito hubiera sido un teleteatro. Credos, fes, leyes, todo se ha desvanecido y, sin embargo, nunca creí tanto como ahora, en la vida tuve más fe en algo que en estos instantes ni jamás tuve por más cierta una ley que estos momentos en que la ley ya no existe. Ya no soy nadie ni queda casi nada en el mundo que me importe. Sí, he dicho «casi» nada, porque eso poco que resta estoy aquí protegiéndolo como algo más esencial que mi propia existencia o que el mismo universo que se ha vuelto contra la especie para exterminarnos. He cambiado y lo han hecho también el mundo y las reglas: todos lo hemos experimentado a la vez y para siempre. Nunca nada volverá a ser como fue porque al futuro o a la desolación solamente se viaja con billete de ida. La vida es un reloj enorme que tiene todas las horas: una para nacer y otra para morir, una para ser y otra para cambiar... Las tiene todas, y todas ellas están contadas. Como promedio un hombre vive once millones de segundos, pero hay uno —escondido entre esa caterva de tiempo— que es más importante que los demás. Me llegó ese segundo, el momento del cambio, y todo fue tan rápido, tan violentamente súbito, que aún me cuesta trabajo comprender cómo pudo pasar mi vida del orden al caos y del todo a la nada en tan corto plazo. Inopinadamente se derrumbó mi orden de valores, mis creencias y la totalidad de mis esperanzas, dejándome solo ante una existencia embargada por la incertidumbre.

Las elecciones de los niños son simples: eligen entre lo que desean y lo que no, entre lo que les complace y lo que les desagrada, y punto. El problema en los adultos es que muchas veces no sabemos entre qué elegimos, o tal vez sea que los problemas son tan complejos que no conocemos los límites y entonces es preciso recurrir a urgencias o a prioridades, aunque en muchas ocasiones ni siquiera estas estén bien definidas o no sepamos cuánto pesa cada una en la elección que tenemos que tomar. Para los adultos todo es complicado, borroso, indefinido, y tanto más si el mundo se tambalea o nos sobrevuela la tragedia. La mayoría de las veces no se elige siquiera entre algo bueno y algo malo, e incluso es posible que ni siquiera tengamos conciencia de entre qué elegir. Yo tomé mi decisión, sin embargo, y ahora que no soy nadie ni tengo nada sé que esta me ha trasmutado; pero lo que más me sorprende es que no lo lamento, no sé si porque tal vez fue la correcta. Nunca podré saberlo ya, no obstante.

Mi trasformación —ahora lo sé— comenzó una tarde de finales de noviembre con un caso un tanto especial. Al principio por lo menos no parecía sino la rutina de unos homicidios como tantos, acaecidos en una sociedad convulsionada por una crisis internacional que había disparado la violencia hasta niveles inimaginables. Aquel día me tomé la mañana libre porque tuve que atender algunos asuntos personales, y no fue sino hacia el mediodía que escuché en la radio de mi automóvil, mientras regresaba a mi casa a comer, que desde primera hora del día se habían ido perpetrado en la ciudad una serie de crímenes —hasta seis, vinculaban entre sí los medios— que habían conmocionado la vida cosmopolita. Pero no fue el número en particular lo que desperezó al policía que era, siempre con los sentidos en guardia ante las cuestiones profesionales, sino el hecho de que todas las víctimas fueran jueces o abogados.

Nunca me gustaron los profesionales de la justicia, entre otras cosas porque la Justicia no debiera ser una profesión sometida a intereses, y tanto los jueces como los abogados siempre se han movido por intereses mejor o peor disimulados; es más, desde que tengo memoria les he profesado la mayor de las antipatías, y en aquellos momentos hasta me pareció jocoso que entre tantos asesinatos como se cometían últimamente también figuraran como víctimas algunos de ellos. Recuerdo que pensé, e incluso lo dije entre dientes: «Andad, declarad inocentes ahora a quienes os dieron matarile.» Un acto impropio de un policía que únicamente puede comprenderse y hasta disculparse si se considera que mi vocación policial nació por amor a la justicia y al orden y por resentimiento contra los criminales de todo tipo que convierten las sociedades en tugurios infectos.

Cuando escuché sus nombres supe que a algunas de las víctimas las conocí personalmente, y ninguna de ellas me pareció que hubiera sido una buena persona. Los jueces y los abogados han sido siempre algo parecido a mis enemigos, porque constantemente se las arreglaban para que quien quitaba una vida fuera castigado solamente con unos pocos años de privación de libertad, como si las vidas y el sufrimiento de las víctimas y sus deudos no tuvieran valor; pero esa jaculatoria impiadosa que escupí por el colmillo me pareció suficiente desahogo y me hice el propósito de no volver a pensar siquiera en el asunto, tal vez con la íntima certeza de que habrían sido ajusticiados por reos insatisfechos o por tener vínculos tan rentables como peligrosos con la escoria social con la que solían relacionarse. En fin, que la cosa me pareció algo así como que quien la hacía, la pagaba, por más que me despertara cierto recelo el hecho de que fueran demasiados crímenes en una sola mañana y sospechosamente todos perpetrados contra miembros de la judicatura en una ciudad en la que todo lo más solían producirse contra ciudadanos comunes, y por lo ordinario en el curso de algún asalto o por motivos pasionales.

Lo que a esas horas ignoraba era que todos esos casos ya estaban en la jurisdicción de la Central, que le habían sido asignados al odioso juez Andrada y que las mismas oficinas eran un hervidero de políticos y agentes de distintos Cuerpos yendo y viniendo.

En algunos meses más me jubilaba, y sobre mi mesa tenía aún más de cincuenta expedientes sobre otros tantos crímenes que trataba de resolver. Vivíamos tiempos difíciles porque la enorme crisis económica que asolaba a todo Occidente había producido un gigantesco desempleo y, enjaretado a él, la delincuencia y el crimen habían tomado asientos de preferencia en la rutina. Sin serlo, daba la impresión de que vivíamos en una sociedad que se colapsaba sobre sus propios cimientos. Todos los investigadores estábamos desbordados y pocos agentes en la Central tenían menos de medio centenar de procesos entre manos, la mayoría de los cuales sabíamos que jamás se resolverían por falta de recursos. Neciamente creía que esta cantidad excesiva de trabajo me mantendría a salvo de que me cayeran nuevos casos, y tanto más si eran tan complejos que requerían una larga investigación; pero hacia la hora de comer, el asesinato en pleno de los miembros Consejo General del Poder Judicial en el salón de reuniones de su propia sede varió el rumbo de los acontecimientos y, apenas entré en mi oficina a primera hora de la tarde, Claudio Cienfuegos, el director, me ordenó que fuera a su despacho.

—Pasa, Antonio. Conoces al juez Andada, ¿verdad?

Imposible no conocerlo. Era uno de esos jueces estrella especializado en acaparar espacio en periódicos, revistas y televisión, merced a sus tan disparatados como absurdos sumarios. Lo mismo era capaz de poner en jaque a la nación con investigaciones sobre corruptelas políticas o tramas de tráfico de drogas inexistentes que liaba un tiberio internacional persiguiendo supuestos genocidas que estaban fuera de su alcance, por igual poniendo de uñas a las potencias aliadas de España que enardeciendo al TPI, del cual solía decir que era un burdo antro de intereses políticos. Igual que su propio juzgado, vaya.

Le conocía bien, ya lo creo. En no pocas ocasiones habíamos chocado por diferencias de criterio sobre cómo tratar a un criminal o amparar a una víctima, y el que me requiriera me confundió. Era un hombre joven todavía, dotado de un olfato especialmente desarrollado para detectar las causas que podían procurarle mayor relevancia o popularidad, y bien se veía que en cuanto llegaron las noticias de homicidios tan relevantes a su juzgado debió mover los hilos necesarios para que le cayeran en suerte. La satisfacción se imprimía en su semblante como una estampilla de correos.

—Claro, ¿quién no? —dije escuetamente mientras le estrechaba la mano, esculpida por diestras manicuras y la cual me dejó impregnado un perfume tan caro como floral.

—Fernández, le supongo enterado de lo sucedido en el CGPJ —me informó telegráficamente el juez, pareciéndome la introducción a una exposición mucho más larga.

—Claro, ¿quién no? —repetí mientras me sentaba.

—A pesar de las posibles diferencias que hayamos podido tener, o precisamente por ellas, he decidido asignarle la investigación del asesinato de los miembros CGPJ —concluyó con una voz suave y algo aflautada que, no obstante, enmascaraba un rigor que no admitía negativas—. Le considero un investigador íntegro, que es exactamente lo que preciso. Como se podrá imaginar, en estos momentos la resolución de este asunto es una prioridad nacional y, por mi parte, ya he recibido presiones incluso del presidente del gobierno. Contará con todos los recursos disponibles: carta blanca, en fin. Cuantos hombres necesite, tómelos, sin límite: es una investigación que no admite restricciones ni demoras. Sin embargo, solo me informará a mí... y al director, claro. Le prohíbo taxativamente hacer ninguna clase de declaración a la prensa, aunque sea extraoficialmente. Ni siquiera facilitará ninguna clase de datos a la Fiscalía: a esos, ni agua. Hay que evitar filtraciones a toda costa. Todos los días quiero un informe con las gestiones y progresos realizados, y cada día yo le daré instrucciones específicas sobre los pasos a seguir. En todo momento, yo y solo yo determinaré qué se les cuenta o no a los medios, y esto se hará a través de la Oficina de Prensa.

—Señoría, ¿sabe que en seis meses me jubilo? —le interrumpí con desdeñosa suficiencia, tratando de librarme de la enojosa tarea antes de que me fuera imposible.

—No le estoy dando a elegir, Fernández —determinó el juez, poniéndose en pie y yéndose hacia el ventanal—. Ya nos conocemos y ambos estamos al corriente de que no nos gustamos, cosa que en este momento considero especialmente positiva. Por lo que sé, es el investigador más cualificado que tenemos y el que cuenta con una mayor experiencia, y las diligencias previas de este sumario requieren que nuestros mejores recursos se apliquen al esclarecimiento de los hechos y a la detención de los criminales. Ni pueden interponerse cuestiones personales en este asunto, ni ninguna premura policial tiene mayor prioridad en estos instantes. Páseles a sus colegas todos los casos que estuviera investigando, y céntrese únicamente en este día y noche hasta que lo resuelva y detenga a los responsables. Lo repito: día y noche. Este será su único trabajo.

¿Coba de Andrada?... No; entre nosotros no es que hubiera distancias que nos separaran, sino un abismo que nos ponía en riberas distintas del universo. Algo no me cuadraba, porque en la soberbia del juez no cabían componendas ni pasos de página y tenía merecida fama de que a quien le encaraba se la jugaba, y yo me había enfrentado a él broncamente al menos en cuatro ocasiones, todas ellas por ingeniárselas para que apenas salieran castigados los influyentes criminales que solían pasar por el juzgado de la Audiencia Nacional que dirigía, si es que no declarados inocentes. Por otra parte, nunca me tuve por un mal policía, pero de ahí a ser tildado como el más cualificado por quien consideraba un adversario, francamente había un mundo. Mi olfato percibía una tufarada de intereses ocultos que no me barruntaba nada bueno, incluso temiéndome una maniobra de ese sátrapa para privarme de mi jubilación, o quizás algún tipo de venganza personal antes de que pudiera zafarme del brazo de su revancha. No; algo había en este asunto que no me gustaba en absoluto. En la Central había no uno, sino muchos investigadores notablemente más capaces que yo y con una formación más idónea que la mía, los cuales podrían asumir con mayores garantías de éxito una investigación tan compleja como la que presentía iba a requerir este procedimiento, y no era capaz de encontrar una sola razón que me hiciera merecedor de tal honor, si es que mi designación era eso y no una trampa.

—No obstante, señoría, ya sabe cómo están las calles: todos los investigadores están desbordados de trabajo y entregarles ahora los míos...

—¿Acaso es que no me explico bien? —me interrumpió Andrada con displicencia—. No creo que sea una orden difícil de comprender ni que lo haya dicho demasiado deprisa, Fernández: hace lo que le ordeno, y punto en boca. Si el país arde o se caen tres de sus cuatro paredes, eso es algo que ya no va con usted. ¿Queda claro?...

—Como el cristal —escupí por el colmillo.

Con un sello de resentido enojo imprimiéndose en su semblante y después de un breve lapso de silencio para recuperar la tranquilidad que momentáneamente había perdido, durante los cuales permaneció inmóvil mirando por la ventana hacia la ciudad y con las manos en los bolsillos de su impecable traje de Armani, se giró hacia mí, me miró con una sonrisa sibilina que me pareció la de un reptil que se disponía a devorar un ratón, y añadió:

—Debería sentirse halagado: le estoy tratando como al mejor investigador y le estoy dando el caso que ha centrado la atención de todo el país..., si es que no del mundo.

—Perdóneme, señoría, por no estar tan seguro de eso —refuté—, porque todo hace pensar que lo sucedido en el CGPJ y lo de los asesinatos de esta mañana están relacionados. Me temo que este asunto me viene demasiado grande, además de que, a poco que se alargue la investigación, será imposible que pueda concluirla en los seis meses que me quedan de servicio activo.

—Tiene que ser posible, no hay otra. Además, ¿lo ve?... Usted es mi hombre: no ha empezado a trabajar siquiera y ya ha establecido un vínculo con esos otros crímenes que los investigadores que se encargaron de eso casos ni siquiera han planteado.

—Será que no lo han dicho —redargüí, pisando sus palabras— porque está en boca de todo el mundo, desde los propios policías a los medios de difusión. Siendo tantas las víctimas del día, y resultando ser todos ellos jueces, no es difícil presumir que puedan estar relacionados todos los crímenes.

Quedaba más que claro que la antipatía que nos profesábamos era mayor incluso que el respeto que mutuamente nos debíamos. Sus ínfulas de superioridad me resultaban insoportables, y sin duda mi escaso lustre de funcionario público a él le desagradaba profundamente.

—No sea pretencioso, Fernández: era una ironía. Sin embargo, precisamente eso es lo que tenemos que determinar primero que nada: si se trata de un atentado organizado contra una institución del Estado y, de ser así, ejecutado por quiénes y con qué propósito. Los otros casos de esos seis colegas se les asignaron en principio a otros jueces, pero ya están en mi juzgado, que es decir en sus manos. Puede que no sean hechos vinculados, pero no podemos desdeñar ninguna pista; es más, esta será la primera hipótesis de trabajo, sin perjuicio de las que pudieran aparecer cuando comience la investigación.

Todo el asunto seguía pareciéndome absurdo, y ahora tanto más cuando se partía de un potencial compló que atentaba contra el Estado. ¿Qué pintaba yo, a medio año escaso de mi retiro, al frente de ese tinglado tan complejo, sin ser el más capaz y ni siquiera el mejor formado de los inspectores que había en la Central?... ¿Estaban acaso tendiéndome una trampa o previniendo una cabeza de turco para que el asunto no se resolviera en la forma, modo y tiempo adecuados?...

Claudio, tratando de zanjar tan áspero encuentro e imprimir cierta profesionalidad a la situación, tomó la palabra y me puso al corriente de quiénes se habían encargado de las investigaciones de los otros seis crímenes, alargándome una abultada carpeta que contenía todos los datos preliminares.

Por mi parte, aunque prestaba atención a lo que el director me decía, no pude evitar deslizar una mirada por el rabillo del ojo al juez Andrada, quien había vuelto a la ventana y mantenía la estática pose de antes. Le veía mirar la ciudad, y no me costaba trabajo suponer que quizás estaría pensando en que unos asesinos le habían allanado el camino al pináculo del Poder Judicial, librándole de muchos y muy enconados adversarios. Podía oler su jactancia, tal vez palpar su gozo por la extinción de sus enemigos más radicales. Porque si el juez Andrada era todo un divo mediático que gozaba de gran popularidad por la repercusión social que habían tenido algunos de sus casos, esa misma notoriedad de astro televisivo le había granjeado viscerales antagonistas entre sus colegas de la Audiencia Nacional, quienes le nombraban por lo bajini como «Sarita» —acróstico de Señoría Arrogante, Ridículamente Injusta, Tramposa y Altanera—, remoquete que por acertado con su devenir profesional y su natural algo amanerado habíamos aceptado como identificativo de Andrada en la Central. Este acontecimiento era para él su desquite personal y, al mismo tiempo, su oportunidad de saltar a la cumbre de la judicatura sin oposición alguna. Como policía con más de treinta años de profesión, baqueteado en poder discernir por pequeños indicios la potencial culpabilidad de un sospechoso, me pareció Andrada el candidato idóneo a ser el ejecutor de esos asesinatos; pero lo desmentía la cobardía que podía adivinársele como rasgo principal de su carácter. La soberbia solamente era una máscara que travestía su pusilanimidad.

—Ponte a trabajar enseguida —concluyó Claudio—. Después de que su señoría y yo terminemos los asuntos que tenemos pendientes, iremos al CGPJ a ordenar el levantamiento de los cadáveres. No repares en medios, Antonio, y sírvete de quien mejor te pueda asistir. Ya he dado órdenes a los inspectores que iniciaron las otras investigaciones para que te faciliten la labor, aunque supongo que con lo que ya tienes en ese informe te será suficiente para comenzar.

Sin decir palabra me incorporé, puse la carpeta bajo el brazo, estreché las manos de Claudio y del juez y, ya estaba a punto de salir, cuando me detuvo la voz de Andrada.

—Fernández, no olvide la confianza que pongo en usted.

No respondí a lo que supe entender como una amenaza más que como una expresión de aliento, sino que salí del despacho sin más, me dirigí a mi escritorio, tomé la pila de informes de los procesos que hasta ese momento investigaba y se la llevé al inspector jefe para que los repartiera entre quienes creyera oportuno, informándole además de la tarea que me habían asignado.

—No es por mi gusto, te lo juro, Luis. Ya sabes que entre los jueces y yo no hay mucha química que se diga —me excusé al entregárselos, aplicándome la eximente completa.

Todos en la Central sabían que odiaba todo lo que tenía que ver con el Cuerpo Judicial y sus monaguillos. Como la mayoría de los colegas, vaya, aunque mi modo de mostrar el descontento fuera un tanto más visceral por cuanto a mi criterio la ley y la Justicia estaban divorciadas en España, pareciéndome que no había sentencia ecuánime. Eso, y que en los juzgados todo era politiqueo, favoritismo y trampa. La Justicia para mí no era más que un circo, ni más ni menos.

—Antonio, ten cuidado con Andrada que ese muerde con la boca cerrada —me advirtió el inspector jefe al recibirlos.

—Como todos los miserables —repliqué.

—Tú sabrás —añadió Luis—. Mira, te queda medio año para jubilarte, y a descansar merecidamente a salvo de toda esta basura. Ya llevas digerida demasiada, y es hora de que te plantees que ha llegado el momento de comenzar a librarte de ella. Ten cuidado por dónde pisas porque en este tema va a haber mucha política y más intereses, y, o mucho me equivoco, o no te lo van a poner demasiado fácil. Créeme que no te envidio.

Agradecí su apoyo, e incluso bromeamos acerca de lo bien que había comenzado el día con la desaparición de algunos de los que más sinceramente detestábamos los policías: los que hacían muchas veces inútil nuestro trabajo e improductivos nuestros riesgos. Sin embargo, mi profesión siempre fue para mí una forma de vida y estaba por encima de mis pareceres personales.

Un rato antes, mientras tomaba un bocado en mi casa, había visto por televisión ante la sede del CGPJ a una muchedumbre de ciudadanos, periodistas y cámaras de televisión de muy diversas cadenas y países que se mantenían detrás de los cordones de seguridad colocados por la Policía. A esas horas ya no se hablaba en el país de otra cosa ni se daban prácticamente noticias de otro orden en la radio o la televisión, pareciendo que la enorme criminalidad que asolaba las calles hubiera perdido importancia o que los asuntos internacionales no merecieran la más mínima atención. Algunos canales apuntaban sin pudor a la posibilidad de que ETA se hubiera reorganizado y vuelto a las andadas, comenzando su nueva etapa con semejante serie de atentados contra el corazón del Estado; otros, a que Al Qaeda o el ISIS podrían estar detrás de estos crímenes tan obviamente selectivos; y algunos más, a que alguna organización o algún poderoso condenado o imputado podrían haber celebrado su propio juicio y ejecutado su propia sentencia.

Pero no me hacía falta ver los cadáveres ni investigar nada para tener por lo más absurdo la posible participación de ETA, no solamente porque estaba extinta y jamás ese fue ni podría ser su estilo ni su método, sino porque llegar hasta donde los criminales lo habían hecho y disponer de la organización necesaria para tocar tantas teclas simultáneamente sencillamente era algo fuera del alcance de esa banda de aficionados, y ETA siempre había sido eso. Salvo para provocar altercados callejeros, poner bombas lapa o dar tiros en la nuca a sangre fría, ETA ni sirvió ni podría servir para más. Lo de que estuvieran implicados grupos terroristas internacionales del tipo de Al Qaeda o el ISIS, simplemente me parecía que eran ganas de marear la perdiz, ociosidad o exceso de protagonismo por parte de los periodistas, quienes algo amarillista tenían que difundir para atraer la atención del público y llenar tanto informativo o gastar tanta tinta. Cuestiones de ratio de audiencias o de venta de papel, nada más, porque esos crímenes, por bárbaros que pudieran parecer, no afectaban en absoluto a la operatividad del Estado, ya que en cierta forma el CGPJ era uno de tantos órganos inútiles creados por la Política para comprar la voluntad de los jueces. A Al Qaeda y al ISIS lo que le iban eran los atentados contra muchedumbres, mucha sangre derramada y titulares enormes, además de que de haber sido los unos o los otros a esas horas ya sería de dominio público internacional su autoría por su propia voz, y todavía nadie había reivindicado aún ninguno de los potenciales atentados. Y lo de que una organización o un poderoso imputado o condenado hubiera podido perpetrar una sucesión de crímenes semejantes, estaba tan fuera de lugar como desquiciados quienes habían tenido semejante ocurrencia.

No; ninguno de ellos podía ser. A medida que me empapaba del informe que iba leyendo en el coche camuflado mientras me dirigía al escenario del crimen en la sede del CGPJ, más me convencía de que se trataba de una organización particularmente especializada. Los asesinatos de los primeros seis jueces y abogados habían tenido lugar en sus propios despachos privados, en horario laboral y todos perpetrados ante testigos, en cada caso por un solo hombre que más daba la impresión de ser un sicario profesional que un ciudadano arrebatado por la ira o un terrorista de tres al cuarto, pues realizaron sus ejecuciones a cara descubierta y con una pasmosa sangre fría, según manifestaban las primeras declaraciones de los testigos. Incluso daba la impresión de que los criminales deseaban cierta audiencia, pues no perpetraron sus actos en garajes o en ascensores, a solas, sino precisamente en lugares y horarios en los que era evidente que habría cierto público presente. Era más, según estaba anotado en los informes en todos los casos, cada asesino tuvo la calma suficiente como para revolver y husmear entre los objetos que había sobre los escritorios, no quedaba claro para qué; luego de unos instantes, con la misma aparente calma con que entraron y cometieron sus crímenes, se marcharon. Sí; daba la impresión de que mejor habían sido ejecuciones que asesinatos, y públicas a mayor abundamiento, todas idénticas en su modus operandi. ¿Un escarmiento o una advertencia a la Judicatura o al Estado mismo?... Quizás. Un asesinato requería pasión, vehemencia, y, por lo que se desprendía de los informes, los criminales habían realizado su siniestra tarea con frialdad y riguroso metodismo, como se correspondería con profesionales del crimen. Ninguno de los sicarios se parecía entre sí, según los testimonios tomados; e incluso se podría decir que ni siquiera se parecían a sí mismos, pues las descripciones de los testigos accidentales de cada caso eran tan confusas y divergían de tal forma, tal vez debido al pánico, que si unos decían fornido y alto, otros lo describían como bajito y rechoncho.

—¿Qué tenemos? —me preguntó Juantxo, mi auxiliar, apenas cerré la carpeta.

Conducía tan rápido como siempre. A veces creo que equivocó su profesión y que nunca quiso ser policía, sino piloto de fórmula uno. Nada le complacía más que tener un motivo para conectar la luz rotativa, poner a todo volumen la sirena y lanzarse a una carrera urbana como si estuviera participando en el Rally de Montecarlo. Era un excelente conductor y obediente como un perro faldero, pero un pésimo policía.

—Algo difícil de comprender todavía —divagué, al tiempo que él detenía el automóvil para identificarse ante el agente que custodiaba el acceso a la sede del CGPJ—. Me temo que aquí se esconde más de lo que parece.

—Pues tendrás que apurarte, porque tu retirada está a la vuelta de la esquina.

No repliqué. Apenas detuvo el coche ante la puerta principal del edificio en el que se ubicaba el CGPJ, descendí y, placa en mano, fui sorteando los diferentes controles hasta alcanzar la sala de reuniones en la que se había perpetrado el crimen. Desde la puerta de sala pude ver a los veintiún cadáveres de los miembros del Consejo todavía sobre sus sillas, excepto dos de ellos que estaban tendidos sobre la alfombra. Rodeaban una larguísima mesa de caoba sobre la que había todo tipo de papeles y servicios de café.

Sin decir palabra rodé los ojos por la escena, procurando retener en mi memoria una imagen general junto con las emociones que me despertaba. Varios agentes de la Brigada Científica iban y venían tomando muestras para analizarlas o haciendo fotografías, enfundados en monos de papel blanco.

—¡Hombre, Antonio, benditos los ojos! —me saludó Fermín, el inspector jefe de la Científica, quien también estaba enfundado en un mono de papel.

Estreché su mano cordialmente, me informó que le habían dado órdenes de ponerse a mi disposición y me hizo un sucinto resumen de cómo y a qué hora exacta se habían producido las muertes.

—¿El café? —curioseé.

—Lo analizaremos, pero lo dudo —dijo escuetamente—. Estos hombres evidentemente han muerto envenenados; pero ningún tóxico que yo conozca es tan violento, además de que si la sustancia en cuestión estuviera ahí, unos hubieran muerto antes que otros, y eso mismo hubiera favorecido que alguno sobreviviera. Cuestión de lógica. Sin embargo, da la impresión de que casi ninguna de las víctimas haya tenido ocasión de moverse siquiera, razón por la cual solamente puede colegirse que a todos ellos les afectó el veneno a la vez, celebrándose, según me parece por el momento, este concilio fatal. Estoy seguro de que era esto lo que pretendían los asesinos, al menos considerando los pocos datos de que dispongo. Fíjate: excepto esos dos que están ahí en el suelo, a los demás parece que la muerte les ha sorprendido de forma súbita. Por la rigidez de algunos de los cadáveres, considero la probabilidad de un gas paralizante o algo por el estilo, aunque hasta que hagamos las autopsias no podré confirmártelo. Tal vez lo que quiera que sea que los mató actuó con posterioridad a un paralizante, teniendo así el tóxico el tiempo necesario para surtir efecto. Debe ser, porque incluso el ácido cianhídrico, uno de los tóxicos más letales que se conocen, les hubiera hecho convulsionarse, levantarse, espumar la boca o intentar pedir auxilio, y nadie escuchó desde fuera de la sala nada raro, tales como ruidos o toses. El tóxico les atacó a todos simultánea y fulminantemente, lo que hace poco probable que fuera ingerido. Ha tenido que ser otro el método. Lo único que tenemos por cierto es que los encontraron así, en esta macabra reunión.

—Entonces, ¿qué te parece que pudo ser?...

—Eso investigamos, porque como puedes ver en los que tienen la cabeza levantada no hay restos de saliva en sus labios, ni siquiera signos de estertores o rictus característicos de haber sufrido dolor. Da la impresión de que se hubieran desvanecido sin más, y no imagino todavía qué tipo de sustancia les pudo haber causado la muerte de forma tan súbita y limpia. Ni siquiera hay entre ellos evidencia alguna de que unos se hubieran sentido mal antes que otros. Estos dos que están en el suelo, por su postura, con toda seguridad estaban levantados y se ve que cayeron fulminados cuando actuó el tóxico.

Volví a recorrer la estancia con la mirada, tratando de hacerme una composición mental de cómo podría haberse verificado el crimen. Efectivamente, debía tratarse de un tóxico muy eficaz; ¿pero cuál?... Si en apariencia no estaba en el café o en el agua, a juzgar por las evidencias que me había destacado Fermín, supuse que debía ser, forzosamente, algún tipo de gas. En el momento en que esta idea me iluminó, instintivamente mis ojos se detuvieron en una rejilla del sistema de aire acondicionado que estaba junto al techo, en la esquina ciega de la sala. Fermín, al reparar en que observaba fijamente la celosía de ventilación, al punto coincidió con mi sospecha, aun sin haber pronunciado palabra.

—Paco, esa rejilla: desmóntala —le dijo a uno de sus hombres.

Apenas dos minutos después el policía la había desatornillado, se asomó un instante al canal de ventilación y descubrió algo que no debía estar allí.

—Creo que aquí lo tenemos —dijo este, casi exclamando un ¡Eureka!

Bajó el policía de la escalera y subió Fermín, mientras permanecía yo al pie.

—Aquí está la madre del cordero —se congratuló—. Estas dos pequeñas bombonas son minúsculas, pero parecen ser de una eficacia incuestionable. Y aquí está el dispositivo de control remoto. ¡Caramba, esto sí que es sofisticado!

Bajó de la escalera sin haber hecho otra cosa que una detallada inspección ocular y me pidió que subiera y echara un vistazo, pero advirtiéndome que ni siquiera apoyara las manos. Mientras lo hacía, él le ordenó al fotógrafo que apenas bajara yo hiciera una buena cantidad de fotografías del ingenio desde todos los ángulos posibles, y a dos de sus técnicos que desmontaran el aparato y lo sacaran con extremado cuidado y usando máscaras de gas, después que terminara el fotógrafo.

Tras haber observado con todo detenimiento el ingenioso dispositivo, y mientras los técnicos lo desmontaban para llevárselo al laboratorio, Fermín me dio su parecer profesional.

—Amigo mío, me temo que no estás persiguiendo a un criminal al uso. Ese trasto no se vende en la tienda de la esquina, se elabora viendo programas de bricolaje ni está al alcance de cualquier manitas, y mucho menos se instala solo o en un descuido fortuito del personal. En mi vida había visto algo tan sofisticado y aparentemente eficaz. Creo que puedes ir desechando como sospechosos a todos los empleados, a no ser algún cómplice que facilitara el paso a los asesinos. Los que hayan hecho esto son verdaderos profesionales... y con muchos recursos.

—¿Tienes alguna idea de qué gas o gases puede tratarse?

—Lo analizaremos, pero, a priori, ninguno que yo conozca o con el que esté habituado. Como me temía, son dos botellas y con toda probabilidad nos encontramos ante dos tipos distintos de gases: un paralizante y un tóxico, o un activo y un activador. Sin embargo, tengo que analizarlos para estar seguro y determinar qué son exactamente. Demasiado letales. Lo mejor será que esperes a las pruebas, porque estoy seguro de que incluso mis conjeturas se pueden quedar cortas. Tal vez esta tarde o mañana te pueda decir algo.

—Cuanto antes, por favor. Oye, otra cosa, ¿estuviste tú en las escenas de los otros asesinatos?...

—No. A mí me tocó este belén; a esos envié a otros equipos. Sin embargo, si quieres, luego te paso los informes. O mejor todavía, date una vuelta a última hora por mi despacho en la Brigada y te pongo al día de todo lo que hayamos avanzado. Siempre será más rápido.

—Me parece bien. Entretanto, si te parece quisiera echar un vistazo por aquí.

—Como quieras, pero siempre que no toques nada y te pongas un mono de estos.

Me lo puse y estuve largamente husmeando. Más tarde quería ir a los escenarios de los otros crímenes a hocicar un poco en ellos, porque siempre me ha gustado ver por mí mismo lo que las fotografías reducen a imágenes sin expresión. De alguna manera un policía es la suma de formación y de instinto, y los lugares donde se han cometido este tipo de delitos violentos siempre me han hablado, cual si los fantasmas o los espíritus de las víctimas pudieran referirme de una forma sutil lo sucedido o al menos orientarme en mi línea de investigación.

Por ejemplo, en esa sala atiborrada de cadáveres e indiferentes técnicos, me decían que no consintiera que sus asesinos quedaran sin castigo y que los buscara alto, muy alto, por más que no sintiera empatía alguna hacia ellos. Sí; eso me decían. Lo que no me indicaban era a qué altura o en qué dirección debía buscar. Hasta ese momento sabía que los ejecutores eran muy profesionales, podía ser que con importantes recursos y con algún cómplice introducido o comprado entre el personal del CGPJ y una capacidad de acción enorme; pero nada más. No obstante, por experiencia también sabía que siempre había un pequeño error, un indicio que por insignificante que fuera sería suficiente para ponerme sobre la pista de los culpables. Solamente debía tener paciencia, observar minuciosamente cada vestigio y mantener mi intuición alerta: o una pequeña traza o los susurros de los asesinados me facilitarían capturar a los criminales.























































2 Los relojeros






No creen en ningún Dios, pero ensalzan la religión de estos contra la de aquellos y la de aquellos contra la de estos; no buscan el nacionalismo, pero lo promueven con grandes titulares que se aferran a páginas históricas que desentierran muchos fantasmas y abren demasiadas llagas; no buscan la libertad, pero alientan independencias, atizando la fiebre a un propio destino que no existe, sino para algunos exaltados que creen poder alzarse con el pan y la limosna y pasar a la Historia de su nuevo país.

No han creado ningún medio de difusión: les ha bastado con comprar la voluntad de sus propietarios y de los periodistas más destacados, los que mueven la opinión pública; ni establecido ninguna editorial: ha sido suficiente con subvencionar a la que más les ha interesado para promover a los autores que les convenían y el tipo de literatura que pretendían masificar. Con tan poco han sido capaces de polarizar la sociedad, dividiéndola. Para que el reloj funcione, basta con darle cuerda.

Un ultramoderno helicóptero silencioso pintado de negro, sin matrícula ni identificativos, desciende con el sordo estridor de la infinitud de alas de una plaga de langostas y toma tierra en el llano que se abre frente a la casa rural. Varios hombres armados bajan de él tan pronto toca el suelo y se despliegan en torno a la casa, en un movimiento que parece muy estudiado. Por sus uniformes, parecen miembros paramilitares de la Ustaše croata. Rodean la casa y, tras ponerse mascarillas antigás y lanzar un par de bombas lacrimógenas por algunas ventanas, irrumpen desde varios puntos disparando contra todo. Algunos de los soldados suben apresuradamente las escaleras dando gritos y, sin dejar de vocear mil órdenes y amenazas, sacan a rastras a todos los habitantes al exterior y los hacen arrodillarse en el patio delantero. Se trata de una familia numerosa muy prestigiosa y respetada en toda la zona, aunque no se le conocen actividades políticas.

Dos de los militares toman a un par de mujeres jóvenes, una de ellas casi una niña, y las violan con innecesaria brutalidad allí mismo, ante los demás miembros de su familia. Los soldados que no participan en la barbarie ríen aparatosamente, mientras los niños lloran y uno de los hombres, tratando desesperadamente de evitar el sufrimiento de las suyas, se pone en pie. Uno de los soldados que los custodian le da muerte con mecánica frialdad y sin dejar de reírse, disparándole a la cabeza. Parece que la indigna tropa disfruta, entretanto los detenidos no comprenden qué está pasando, qué ciego Dios ha abierto de par en par las puertas del infierno y ha permitido que escaparan estos diablos.

Gritos y risas se alean en desafinado concierto hasta casi el alba, mezclándose el semen y las lágrimas en sucesivas violaciones. Todos los soldados han ido cometiendo la misma atrocidad por riguroso turno. Cuando aún vistiéndose el último de ellos regresa con sus camaradas, ya todos satisfechos de su animalidad, quien les comanda mira su reloj, saca de su bolsillo un jirón de hombrera con las insignias de la Ustaše, se lo alarga al anciano que parece el patriarca de la familia, y cuando lo ha tomado en su mano temblorosa, le dispara en la frente. Al instante, todos los demás soldados abren fuego contra sus prisioneros hasta agotar la munición de sus armas. Ponen nuevos cargadores, y los descargan de nuevo en las víctimas, ya todas ellas cadáveres. La nota de salvajismo parece fundamental en su concierto, acaso el objetivo último de su misión. Luego se dirigen al establo, y disparan también a los animales. Ningún ser vivo puede quedar como testigo.

Terminada la faena, varios hombres arrojan algunas granadas incendiarias por las ventanas de la casa y, mientras el crepitar de las llamas se impone al rumor de alas de langostas del rotor del helicóptero que se ha puesto en marcha, tan silenciosamente como ha llegado suben a él y parten. Sobre el suelo queda una docena de cadáveres a los que difícilmente se pueden identificar y la monumental columna de humo que se enrosca en las turbulencias de las palas del rotor.

El silencio es tan absoluto que ni los pájaros cantan. Solamente unas horas después se quiebra esta paz de cementerio. El viejo lechero que cada día hace esta ruta recogiendo el fruto del primer ordeño, ha llegado a toda prisa alertado por la humareda, se ha encontrado con el macabro linchamiento y ha corrido tanto como le han dado de sí sus ancianas piernas hasta el pueblo próximo para dar la voz de alarma.

Muchos han subido hasta la granja corriendo o en caballos. Entre ellos hay casi a partes iguales vecinos y parientes, y todos aúllan de dolor, no sabiendo por dónde comenzar a recoger los cuerpos para que no se les desmoronen entre las manos. Los asesinos no han respetado a nadie, ni al pequeño Shalibor, quien apenas si contaba con dos años de vida, ni a los ancianos, y queda claro qué han hecho con las dos mujeres más jóvenes de la familia. La crueldad que han mostrado los criminales es a todas luces excesiva, nadie entiende por qué.

Sin embargo, todos callan cuando entra en el patio el joven y arrogante Željko. Escoltado por sus inseparables amigos Mlajo y Slavko, se dirige hacia los cadáveres, hinca rodilla en tierra y les mira detenidamente. Esa mujer es su esposa, y ese niño, Shalibor, su hijo. Él debería haber estado con ellos, pero se encontraba en el pueblo con sus amigos, organizando a los hombres más jóvenes para defenderse de la violencia que la mayoría croata está ejerciendo contra la minoría serbia de Krajina.

Baja la cabeza, y después de un momento en el que intenta sin éxito contener las lágrimas, ruge como un tigre mientras estrecha contra sí el desgajado cuerpo de su joven esposa. Ya comprende que ha sido violada, y supone por quién. Mientras piensa en esto, ve el jirón de tela que asoma en el puño del cadáver de su padre, tiende con mimo el cuerpo de su esposa en el suelo, abre la mano del anciano y, al poner ante sus ojos llorosos la hombrera con las insignias de la Ustaše, la identifica enseguida.

Puesto en pie, gritando como un poseso, blande la prueba que identifica a los asesinos y exige un pacto de venganza que enseguida todos corean. «Cien por cada uno, sin piedad», se juramentan. La paz se ha alejado definitivamente. Los muertos no podrán descansar mientras no sean vengados, y los rictus de horror de sus rostros de muñecos rotos se han marcado para siempre en las almas de todos los presentes.

Un ultramoderno helicóptero silencioso pintado de negro, sin matrícula ni identificativos, desciende con el sordo estridor de la infinitud de alas de una plaga de langostas y toma tierra en el llano que se abre frente a la casa rural. Varios hombres armados bajan de él tan pronto toca el suelo y se despliegan en torno a la casa, en un movimiento que parece muy estudiado. Por sus uniformes parecen paramilitares miembros de los Tigres de Arkan. Rodean la casa y, tras ponerse mascarillas antigás y lanzar un par de bombas lacrimógenas por algunas ventanas, irrumpen desde varios puntos disparando contra todo. Algunos de los uniformados suben las escaleras y, entre gritos y consignas imperiosas, sacan a rastras a todos los habitantes fuera y los hacen arrodillarse en el patio delantero. Se trata de una familia numerosa muy prestigiosa y respetada en toda la zona, aunque no se le conocen actividades políticas.

Sorbo a sorbo, los tigres beben el licor de la venganza, multiplicando el dolor y la saña. La historia se repite, ahora con la familia del comandante croata Ante Klovina, a quien le saben responsable del cruel asesinato de la familia de Željko y el mismo que relanzó el grito de exterminio contra los chetniks que propició la masacre de los serbios.

El viento llega gélido desde Gog. El invierno ya es inminente. Huele a nieve fresca, pero tiene un regusto a sangre y a odio que amarga. El reloj ya camina solo. Por delante le quedan incontables horas negras, hostias tintas de muerte que devorarán los Tigres, los Beli Orlovi, los demonios liberados de todos los infiernos.

En Zagreb, algunos se reúnen en torno a una mesa atestada de vasos y botellas de licor. Ríen. Son los relojeros. Hoy no trabajan, sino que celebran su éxito; pero será por poco tiempo, el justo de recuperar el aliento porque ya les han llegado instrucciones para poner en marcha otros relojes cargados de horas negras.




























3 Iniciación







Apenas llegó el juez Andrada con el director para proceder al levantamiento de los cadáveres, les informé brevemente de mis primeras valoraciones y de cuanto el inspector jefe de la Científica me había adelantado, salí de la sala después y me dirigí a visitar personalmente los escenarios de los otros crímenes, todos ellos cometidos en los despachos particulares de los otros jueces. Barajaba distintas opciones sobre el tipo de profesionales que podrían haber perpetrado la ejecución de los miembros del CGPJ mientras Juantxo me llevaba al primero de los bufetes en los que se cometieron los otros asesinatos, pero ninguna de las que cotejaba me parecía lo suficiente coherente por no tener claro el móvil. Sin motivo no había justificación para el delito y, desde luego, no estaba yendo en pos de ninguna clase de locos. Descartada en primera instancia la participación ETA, de Al Qaeda o el ISIS en los crímenes debido al sofisticado método empleado, no me resultaba fácil inferir qué organización terrorista tendría interés en algo semejante y cuál sería el beneficio que podría obtener de semejante ataque al corazón judicial del Estado. Tal vez los asesinatos fueran un castigo, sí; pero ¿de quién a quiénes?... ¿Tal vez al mismo Estado por su participación en las guerras absurdas del Oriente Medio como escoltas de los EEUU? En ese caso, tal vez cabría la posibilidad de que los Servicios Secretos de un país de aquellos contra los que había actuado o con los que estaba enfrentado, como Siria o Irán, hubieran podido hacerlo..., y con toda seguridad no les faltarían ni recursos ni capacidad operativa. Sin embargo, algo me decía que esa hipótesis de trabajo era excesiva, al menos considerando los datos disponibles, porque España no debía representar para ellos un enemigo tan de primera línea por más que fuera el más vulnerable de toda la alianza occidental. ¿Qué ganarían con eso, suponiendo una autoría de especialistas sirios o iraníes?... Obviamente, nada. El que murieran jueces o no, o aun el que se desarticulara una parte tan insignificante del aparato del Estado, no iba a hacer que el Gobierno variara su actitud y con toda seguridad no reportaría ninguna clase de ventaja en el curso de los conflictos. No, no; era demasiado pronto como para avanzar conjeturas verosímiles o plantear hipótesis plausibles con los escasos datos que tenía, y por más que el asunto hubiera logrado atrapar la totalidad de mis sentidos, comprendí que no tenía más remedio que esperar y reunir datos incontestables. Además, fueran quienes fueren los asesinos seguramente no tardarían en hacer una reivindicación de su hazaña, y esto orientaría mi investigación..., si es que era la única y no una paralela a la que estuvieran llevando a cabo otras instituciones españolas, como el CNI, por ejemplo.

En los seis casos anteriores al asesinato múltiple del CGPJ, el método parecía haber sido tal cual se describía en los informes que Claudio me había facilitado. Un sicario solitario que entraba sin decir palabra hasta el despacho de la víctima, cometía su crimen, husmeaba en el escritorio y se iba. Ninguno de los testigos tuvo tiempo de reacción para otra cosa que temblar de pánico o, a lo más, para huir en desbandada o esconderse en el rincón que encontrara más a mano, impidiéndole la sorpresa reparar en ninguna clase de detalle. Luego, una vez los testigos se supieron a salvo, avisaron a la Policía y, cuando esta llegó, nada anormal encontraron, excepto los cadáveres.

La sorpresa funciona así, especialmente si participa en ella otra alarma adicional como un ruido ensordecedor o un peligro inminente contra la propia vida: bloquea completamente el entendimiento. Los sentidos, y aun la misma mente, en tales situaciones únicamente son capaces de percibir vías de escape o supervivencia, y no siempre porque, si la sorpresa es excesiva, incluso el instinto de supervivencia experimenta una parálisis total. Ante una situación de violencia extrema inesperada, lo normal es que nadie sea capaz de comprender qué ha sucedido hasta mucho después del suceso se ha verificado, y eso es algo que sabemos bien los policías.

Lo que más llamó mi atención, no obstante, era que todos los testigos presenciales coincidieran en que los asesinos perdieron algún tiempo en husmear en los escritorios y que ninguno mencionara ni de refilón que estos abrieran o cerraran cajones, cual si lo que buscaran estuviera siempre en el mismo lugar: sobre ellos. Estos testimonios se limitaban a los de algunas secretarias y a un par de visitantes ocasionales que se encontraban en la antesala de los despachos cuando se verificaron los hechos. La planificación y metodología de los crímenes, considerando estas manifestaciones, eran una evidencia por sí mismos.

Método y planificación. Los asesinos sabían lo que se hacían y cómo llevar a cabo su siniestra tarea. No solamente estaban al tanto de que el día de autos libraban en sus juzgados, sino que también sabían dónde desempeñaban sus labores privadas y, según el testimonio de los testigos, dónde se ubicaban exactamente sus despachos. Irrumpieron, se dirigieron a los gabinetes sin musitar palabra, sacaron sus armas y dispararon sin más. Luego, entretanto se producía una desbandada en la antesala, hurgaron en el escritorio, se apropiaron o dejaron lo que fuera y salieron igual que habían entrado, por la misma puerta y con idéntica tranquilidad. Profesionales, en fin, muy experimentados en ese tipo de golpes.

Inspeccioné minuciosamente los escritorios usando unos guantes de látex y cuidándome de no mover nada del lugar en que se encontraba, por si en los próximos días fuera preciso regresar para ulteriores indagaciones. Mi instinto se afanaba en hallar algo que indefinidamente ya intuía, pero que no podía precisar aún con exactitud de qué clase de pista se trataba, o si ese algo era algún documento u objeto que pudieran haber dejado o haberse llevado los sicarios. Comparando lo que tenía ante mis ojos con las fotografías del informe, traté de reparar en qué había de extraño o diferente entre los distintos escritorios, o qué de anormalmente igual; pero en primera instancia no hallé nada fuera de lo común entre ellos: los expedientes que tenían ante sí las víctimas en el instante de sus óbitos, fotografías enmarcadas, teléfonos, lámparas, estilográficas o bolígrafos y algunos artículos de oficina como hojas de papel en blanco, clips, etcétera.

Usando la tecla de rellamada, tanto con los teléfonos de los gabinetes como con los de sus secretarias, pude ver los últimos números con los que las víctimas potencialmente se habían comunicado, y los anoté en mi libreta; pero después de visitar todos los escenarios comprobé que no había coincidencia alguna entre ellos. Todo lo demás parecía normal, y decidí que no tenía demasiado sentido tomar nuevamente declaración a los testigos, al menos por el momento, a no ser para elaborar unos retratos robot que nos pudieran dar una idea aproximada de a quiénes estábamos buscando, siquiera fuera por la raza. Había que hacerlo, sin embargo. Tal vez se les podría citar el día siguiente en la Central, concediéndome así algunas horas más para ir colocando las pocas piezas del rompecabezas que tenía entre manos en algo parecido a su sitio. Interrogarles sin saber hacia dónde dirigir las pesquisas, únicamente podía conducir a un enredo mayor.

Como no podía ser de otra manera, y tanto más en un caso tan complejo, me sentía confuso. ¿Para qué perder el tiempo en el escenario del crimen quien perpetra un asesinato semejante si no era para dejar una reivindicación o una firma de su delito?... O todos los testigos habían supuesto a la vez una misma actuación que no se verificó, o realmente los asesinos se habían tomado unos segundos para hacer algo en aquellos despachos, y necesariamente en ese caso entre aquellos objetos ordinarios que había sobre las mesas faltaba o se encontraba una pista capital. No daba con ella, pese a mis esfuerzos, y traté de retener en mi memoria la distribución exacta de cada objeto sobre los escritorios. Seguramente, además de las dos o tres fotografías de cada bufete que tenía en mi informe, los técnicos habrían tomado otras muchas de todo, aunque siempre he confiado más en mi instinto y en lo que me susurran los escenarios de los crímenes que en las cuestiones estrictamente periciales, extremadamente útiles, pero frías y sin conciencia.

No dejé de confrontar mentalmente los datos recabados hasta el momento mientras ya de noche me dirigía al laboratorio para encontrarme con Fermín, el jefe de la Brigada de la Policía Científica, porque intuía que había tenido frente a mí la firma de los asesinos, pero no había conseguido identificarla. ¿Qué de interesante podrían llevarse unos asesinos que operaban con idéntico método de disímiles despachos de diferentes jueces que estaban a cargo de multitud de procedimientos judiciales que no tenían nada que ver unos con otros, entre otras cuestiones porque todas las víctimas eran titulares de distintos juzgados?... O, todavía, ¿con qué fin dejar una firma si esta le podía pasar desapercibida al investigador?... ¿O es que no era para eso que los criminales firmaban sus atrocidades, para que se supiera quién había sido el autor y qué le impulsaba a perpetrar tan terrible acto?... Algo se me escapaba, definitivamente.

Entré ensimismado en los laboratorios de la Brigada, apenas identificándome con mi placa en la entrada. Mil ideas dispares me bullían en la cabeza produciendo un estrépito ensordecedor, y como un autómata me dirigí al despacho de Fermín. Al no encontrarlo en él, me dirigí a la sala adyacente, y allí le hallé, ante la pantalla de un ordenador que no cesaba de dibujar líneas de colores en un gráfico, sin duda como resultado de algún análisis que estaba realizando. Toqué con los nudillos el marco de la puerta para advertirle de mi presencia, y enseguida se giró hacia mí.

—Pasa, Antonio: te esperaba. Si tardas un poco más, ni me encuentras.

—Buenas noches, Fermín. ¿Lograste avanzar algo? —le pregunté, yendo directamente al grano.

—Mucho; pero aún es pronto para otra cosa que meras suposiciones. Hay pruebas y análisis que requieren muchas horas, incluso días. Por ahora te diré que, como te podrás imaginar, el número de muestras orgánicas que hemos recopilado en los escenarios es enorme, y que los resultados de los análisis de ADN precisarán un par de días más por lo menos. Lo más probable es que la mayoría de ellas pertenezcan a las propias víctimas, al personal, a simples visitantes o a personas de paso; pero confío que algunas puedan pertenecer a los asesinos y te sirvan. ¡Si los criminales supieran la cantidad de restos de nuestro cuerpo que vamos perdiendo por ahí, sin duda se lo pensarían bien antes de meterse en estos enjuagues! Oye, ¿no te sientas?...

—No estoy cansado, gracias. ¿Y de lo demás, los cuerpos de los jueces y los gases del CGPJ?...

—Las autopsias las practicarán mañana por la mañana, de modo que respecto a eso tendrás que esperar —me contestó poniéndose en pie—. De todos modos, no te esperes mucho más que una confirmación de lo que ya suponemos, al menos en los cuerpos de los del CGPJ. En lo que sí hemos podido avanzar ha sido en lo de ese mecanismo y los gases que emplearon en la sala de juntas del CGPJ.

Al decirlo, señaló precisamente a los gráficos que serpenteaban en la pantalla del ordenador.

—¿Y bien?... Te imaginarás que eso para mí es chino mandarín.

—Bueno, te diré que el mecanismo de activación por control remoto del artefacto es casero. Muy sofisticado, eso sí; pero casero. No son componentes demasiado difíciles de encontrar en una tienda de material electrónico, pero lo que es extraordinariamente curioso es el sistema que utiliza. Nunca habíamos visto algo parecido, y si te puedo ofrecer alguna certeza, es que eso no lo ha diseñado un aficionado. Es ingeniosísimo. Funciona en una frecuencia racionalmente común, pero en una banda inusualmente estrecha, además de que cuenta con un filtro finísimo que evita posibles interferencias. A los técnicos les pareció algo así como la cuadratura del círculo por su simplicidad y, al mismo tiempo, su prodigiosa eficacia. Un portento de técnica, ya te digo, sin duda diseñado por alguien que sabe mucho de electrónica y que no quería correr riesgos de ninguna clase.

—¿Y los gases?

—Eso es otra cosa bien distinta. Hemos sometido las bombonas a diferentes pruebas. ¿Sabías que no liberaron toda su carga?... No tenemos ni idea aún sobre si ha sido así por un fallo del mecanismo o si porque lo desactivaron cuando dosificó la cantidad suficiente; pero por lo especializado del asunto nos tememos que lo segundo: liberaron exactamente la dosis que querían. En todo caso, es muy raro porque esperábamos hallar apenas unos residuos y nos hemos encontrado casi con media carga en cada bombona. ¡Imagina que hubieran liberado eso de segundas estando nosotros allí!


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